Por: Marcelino Peña Fernández
Ahora que estoy haciendo mi tesis; tengo que ir hasta el Archivo General
de la Nación; mi primera escala es el estacionamiento de la terminal del
metrobus. Al abordar me asaltan de modo inevitable las historias de mi padre me
contaba. Les confieso que ahora estos recuerdos me producen una fascinación;
soy consciente que tales pensamientos podrían provocar posibles retrasos hacia
mi destino , ya que podría pasarme de estación, pues mi imaginación vuela y
hasta en algunas ocasiones me he quedado dormida; a veces he comenzado a ensoñar,
como el otro día, cuando recibí el relato de la piedrita de la cara de la luna,
esa preciosa pieza que don Octavio rescato de la ruta donde se encontraba el
acueducto de la patria del Manantial Xancopinca hasta la antigua ciudad de
Tlatelolco. Por ese día, debo revelarles, que desde el cuarto piso del edificio
donde vivo, en un extraordinariamente luminoso me de junio, sin contingencia ambiental,
pude ver con toda claridad el cerro de Chiquihuite con sus inseparables torres
transmisoras, mi padre las tomaba como referencia de orientación porque hay se
localizaba el norte de la ciudad. Para allá se ve Ecatepec, de donde viene el
viento, Ehecatl que nos trae la lluvia.
Nuestros antepasados veían como se derramaba el agua por las faldas del cerro,
lo que asemeja a un canasto donde se ponían las tortillas. Su amigo le afirmaba
am mi papá: “A ver, échale agua a un canasto y veras como se derrama”. ¡Ahora
puedo ver esta hermosa imagen plasmada en el horizonte!
Estas historias, sin embargo, nunca dejaron de llamar mi atención, por
lo que saque de mi morral el dibujo que mi papá hizo de esta piedrita al
contarme de la historia; observe con mucha curiosidad la imagen y no es más
grande que la palma de mi mano, tiene dos pequeñas perforaciones en sus extremos
para ponerle un cordoncito y portarla como collar; ya eran amuletos para
mujeres embarazadas. Esta piedra fue hecha por las tlamanticihuameh (mujeres
sabias). En aquella época también había
mujeres que participaban en la búsqueda del saber cómo Quiauitl (lluvia) logro
impregnar de energía de piedra, para que llegaran a buen término los embarazos
de las mujeres que los portaban; pues ella se consagro a venerar a Tonantzin
Coatlicue, ya que al vivir en Izquitlan, hoy San Marcos Izquitlan, donde actualmente
se encuentra la antigua Calzada de Guadalupe, en aquellos ancestrales tiempos
que datan dela cultura tapanca por el año 1400, 100 años antes de la llegada de
los españoles a esas tierras, Quiauitl frecuentaba el cerro del Tepeyacac.
Realizaba rituales siguiendo las fases de la Luna, iniciaban con un ayuno
durante veintiocho días; en el mes del año lunar otorgado a Xipetotec quemaba
incienso con aroma a vainilla, para regresar a Izquitlan, cerca lugar donde habitaban los señores pochtecas
(donde ahora está el Templo de San Simón y San Judas Tadeo) porque ellos
reconocían su sabiduría, de gran Valía para el Señorío de Azcapotzalco, ya que
ellos comerciaban estas piezas por todo el territorio de las costas del Golfo y
el Pacifico.
Al multiplicar cuatro por siete igual a veintiocho cuatro fases de la
luna, lo que da por resultado los veintiocho días que abarca cada período
menstrual de la mujer… ¿Por qué estoy pensando en esto?,¿De dónde salen las
conjeturas? Estoy cerrando los ojos y lucho con todas mis fuerzas para no
dormirme.
De pronto ya estoy de pie frente al Manantial Xancopinca, mirando hacia
el norte; observo el cerro del Tenayo y otra vez el Chiquihuite. ¡Se mueven,
parecen que tienen vida! ¡Pero, chi… ¿Me está haciendo daño?¡Pero no! ¡Todo es
luminoso! Y me está rodeando una multitud de conejos, son tan bonitos, se dejan
tocar, son tiernos y suavecitos; ¡Hay de todos colores: amarillos, rojos,
blancos y negros y hasta azules! ¡Si yo no fumo tabaco ni marihuana ni tomo
alcohol! ¿Qué me está pasando? Se mueven los árboles, hablan entre ellos, me
saludan con sus ramas, el agua es tan azul y transparente; se siente el viento
tibio, fresco y aromático, el olor de las flores se encuentra por todas partes.
Escucho unos sonidos que son miel para mis oídos. V en elevarse una ola que del
centro del estanque llega directamente a mí, y que me sumerge quedando atrapada
tan plácidamente. Estoy llena de
regocijo, son un ser en gestación, escucho ecos, suaves melodías que producen
las plantas, tambores y los sonidos de los caracoles, no siento frio ni calor.
Me sorprende entonces la presencia de una hermosa mujer de impecable limpieza. M
e gustan su Huipil y su falda blanca. Su cabello es negro, peinado con listones
multicolores; estoy embelesada con esa música rítmica que producen los silbatos
y el agua. La impresionante señora a mi extendiendo su brazo y me entrega en mi
mano la piedrita de la luna me dice: “hija mía, estamos en comunicación; en
esta dimensión no hay límite: tu tiempo es el mío. Lo realmente importante es
que tenías que venir. Soy tu madre Tonantzin. Debes saber que en este lugar han
sucedido muchas cosas, que había mujeres sirenas que se aparecían de noche y de
día dentro de la alberca y se llevaban a hombre , mujeres y niños que
transitaban por los lugares solitarios¡ Esto no es cierto!, digo en mis
adentros debe saber que en el tiempo que se hizo el acueducto que llevaba el
agua para que bebieran mis hijos de la antigua ciudad de Tlatelolco, una sabia
mujer de San Marcos Izquitlan elaboraba las piedritas de la luna, pues recogía
con su mano derecha pedazos de barro y con gran destreza, bajo el mágico
resplandor de la luna , modelaba lunitas en cuarto menguante, con delicadeza y
perfección que resplandecían en su mano. Con una espina de maguey les hacia 7
perforaciones. Los rayos de la luna las convertía en mágicos talismanes. Acto
seguido, las depositaba en algún sitio de Xancopinca para que las conociera el
sol y las siguiera serenando la luna, durante siete días y siete noches. Así,
con los días maduraban como los tejocotes y con la corriente del agua adquirían
esa textura y brillo y sobre todo adquirían ese poder de curación con los
mágico rayos de la luna. Como decía Quiauitl, la sabia curandera y partera que conocía
el movimiento de los astros: una obra de arte sirve para curar el alma. ¿Cómo tú
te estas curando?; yo, adormecida, conteste: ¿De qué me estoy aliviando? -
¿Cómo de que niña? ¡Entiende que tu presencia aquí le da sentido a tu vida y lo
que te rodea ¡Observa cómo está el mundo! carente de hermandad, sin esperanzas.
Tú tienes la torre de contar del lugar donde vives, de la grandeza del pasado
de tu pueblo…
¡Hay, ya me pase de estación ¡ ¿Qué les voy a decir? A ya se, ya se, que
se le poncho una llanta al metrobus.
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