martes, 16 de junio de 2020

HACE 500 AÑOS: 
HERNAN CORTES POR AZCAPOTZALCO

Por Martin Borboa

El día 01 de julio de 1520, la actividad de Cortés inició desde el primer segundo. Escaparía de Tenochtitlán arriesgando todo lo conseguido hasta ese momento. Acuartelado en el Palacio de Axayácatl, rezó a Nuestra Señora de los Remedios, y salió en fuga.
Este texto es el relato aproximado de las siguientes 24 horas, y los siguientes 13.3 kilómetros.
Hace 500 años, la última noche de junio de 1520, era la víspera de una tremenda acción. Un grupo principalmente de españoles, tlaxcaltecas y algunos prisioneros de la nobleza mexica, estaban sitiados en un edificio en el corazón de la isla de México Tenochtitlán. Los mexicas libres dominaban la situación. Era una bomba a punto de estallar, y lo hizo. El impulso de ese estallido, llevó hace 500 años a Hernán Cortés a pasar apurado por nuestra alcaldía, escapando.
Como breve recuento de antecedentes: sabemos que Hernán Cortés entró a la Ciudad de México el 8 de noviembre de 1519. A los pocos días Moctezuma ya era su prisionero en su propio palacio. Lo acompañaban sus hijos y otros familiares, entre ellos su hermano Cuitláhuac, que en ese tiempo era Señor de Iztapalapa. Seis meses duró la estancia “pacifica” de los europeos en la gran Tenochtitlán. A principio de mayo se anunció que Pánfilo de Narváez llegó a la costa con la intención de detener a Cortés. El día 10 de mayo el conquistador salió hacia Cempoala para enfrentar a Narváez. A los pocos días, Pedro de Alvarado que había quedado al mando europeo en Tenochtitlán permitió la matanza en el Templo Mayor. Con eso, la guerra entre mexicas y españoles quedó declarada. El 28 de mayo Hernán Cortés venció a las huestes de Narváez y lo hizo prisionero. Casi un mes después, el 24 de junio regresó por las noticias de los destrozos ocurridos en Tenochtitlán.  La situación ahí estaba muy tensa: el mercado cerrado, los españoles confinados junto con sus aliados tlaxcaltecas, sin abasto de alimentos. Cortés se reunió con su ejército acuartelado y quedó atrapado con ellos en el llamado Palacio de Axayácatl. Moctezuma pidió a Cortés que liberara a Cuitláhuac para que éste apaciguara a los mexicas. No viendo riesgo en hacerlo, el español liberó a Cuitláhuac (De ello hay un monumento en nuestra alcaldía). Los problemas continuaron. Moctezuma intentó con un discurso desde un sitio alto calmar a su pueblo, y es cuando se dice que recibió pedradas que le causaron la muerte, entre 27 y 29 de junio. Cuitláhuac fue nombrado tlatoani por los mexicas. Los europeos y Cortés seguían atrapados en su cuartel. Nada ni nadie les abastecía de alimento. Su final era solo cuestión de tiempo. Si no les mataban los mexicas, lo haría el hambre. Tanto tiempo acumularon un tesoro para llevarlo consigo. Y quedaron encerrados con él.
 Así llegó el día 30 de junio… y la medianoche. Una gran cantidad de elementos, situaciones, personajes, esfuerzos y consecuencias se mezclarían en pocas horas. Un nuevo tlatoani mexica, un astrólogo, un audaz saltador de obstáculos, un ejército en fuga, cadáveres hundidos con oro en las bolsas, un puente portátil, una persecución trunca, un árbol, la cercanía por Azcapotzalco, y un cerro de refugio.
El día 1 de julio, con actividad trepidante desde su primer minuto, nacieron tres leyendas:
1) La del salto audaz que hiciera Pedro de Alvarado para escapar y le dio incluso nombre a ese tramo de la Calzada México Tacuba.
2) La de las lágrimas de Cortés acomodado bajo un ahuehuete en Popotla. Ambos eventos sirvieron para la nomenclatura urbana. También en esa fecha Cortés encomendado a la Virgen, hallaría refugio en un sitio, en el que después le levantarían a su protectora una iglesia, hoy Basílica de Nuestra Señora de los Remedios.
3) En ese sitio donde se refugiaron en su escape, el soldado Juan Rodríguez de Villafuerte, enterró bajo un maguey la imagen de la virgen que traía consigo, la cual luego fue encontrada y en el lugar se levantó la mencionada iglesia dedicada a esa imagen, Nuestra Señora de los Remedios.

KM CERO: CUITLAHUAC
Lidera Cuitláhuac, tlatoani de cuarenta y cuatro años de edad. Con los europeos encerrados en espacios limitados, los mexicas sienten seguridad en sus capacidades y deciden llevar a cabo sus ceremonias acostumbradas para honrar el asenso de su nuevo dirigente. Dice “México a través de los siglos” Tomo II –y sólo me basaré en ese tomo-, (pág. 417) que: “mientras los mexicas hacían a favor de Cuitláhuac la declaración de Tlacatecuhtli, pudo Cortés con sus máquinas o ingenios ya reparados, salir por la calle de Tlacopan e ir ganado cuatro fosos o cortaduras y cegarlos con el material de las albarradas y de las casas destruidas… dejó guarnición suficiente para no perderlas en la noche. Ciertamente le importaba mucho ésto pues la única salida posible era por la calzada de Tlacopan… Como los mexicas continuasen ocupados en las ceremonias de nombramiento de su rey, pudo (Cortés) llevando gran fuerza de españoles y aliados, tomar y cegar aquellas cortaduras y aun arrancar de los maizales bastimento para sus caballos”.
Cuitláhuac defendió su ciudad y dañó a los fugitivos causándoles muchas bajas. Ese amanecer del día 1 de julio tuvo su primera acción de armas como gobernante del imperio. Con él los mexicas se mantuvieron invictos en su guerra contra los europeos. En Azcapotzalco una de las principales avenidas lleva su nombre, la cual llega hasta la estación de Metro que se llama como él. En esa arteria se tiene un monumento que lo recuerda siendo liberado por Moctezuma, así como un mosaico alusivo a su capacidad guerrera sin derrotas.

BLAS BOTELLO, EL ASTROLOGO
Casi nadie menciona actualmente a este personaje, pero varias fuentes antiguas sí. Al parecer era popular, impactó a sus contemporáneos y lo inmortalizaron en grandes textos. “México a través de los siglos”, (pág. 417) dice: “Amaneció el sábado, 30 de junio, y en él (Cortés) aumentaron los deseos de dejar la ciudad, pues a todas las causas, agravadas de momento a momento, se añadía el dicho del astrólogo Botello, que aseguraba que la salvación dependía de salir esa noche”.
Antonio de Solís, en su “Historia de la Conquista”, (pág. 255) dice que Cortés organizó la escapatoria basando su estrategia en: “haber atendido a la vana predicción de un astrólogo que al entrar en ella le aconsejó misteriosamente que marchase aquella misma noche, porque se perdería la mayor parte de su ejército si dejaba pasar cierta constelación favorable… Llamábase Botello este adivino, soldado español, de plaza sencilla, y más conocido en el ejército por el renombre de nigromántico a que respondía sin embarazarse, teniendo este vocablo por atributo de su habilidad…”. Y dice (pág. 260) que luego de que escaparon de Tenochtitlán, y alcanzaron tierra firme, en un momento de reposo, Hernán Cortés: “preguntó por el astrólogo, bien fuese para indignarse con él, por la parte que tuvo de apresurar la marcha, o para seguir la disimulación, burlándose de su ciencia, y se averiguó que había muerto en el primer asalto de la calzada, sucediendo a este miserable lo que ordinariamente se verifica en los de su profesión”.
William H. Prescott en su “Historia de la conquista de México” (pág. 378) sobre la decisión de escapar esa noche: “Dícese que este parecer tuvo el apoyo de un soldado llamado Blas Botello, que profesaba la ciencia misteriosa de la astrología judiciaria. Había ganado mucho crédito en el ejército por algunas predicciones que habían resultado ciertas: predicciones que causalmente se habían realizado, y que entre la crédula multitud pasaban por cálculos científicos. Este hombre recomendó que se evacuara la ciudad por la noche… Es muy posible que la predicción de Botello acabase de decidir a Cortés, pues la superstición era un rasgo característico de aquella época, y el general español tenía, como hemos visto, gran dosis de ella. Además, las desgracias disponen el animo a creer lo maravilloso, y es también muy probable que hallando conforme la opinión del astrólogo con la suya, usara de ella para persuadir a sus soldados, e inspirarles confianza”.
Bernal Díaz del Castillo, en su libro “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” (pág. 395) señala que: “estaba con nosotros un soldado que se decía Botello, al parecer muy hombre de bien y latino, y había estado en Roma, y decían que era nigromántico… algunos le llamaban astrólogo, y este Botello había dicho… que hallaba por sus suertes y astrologías que si aquella noche que venía no salíamos de México, y si más aguardábamos, que ningún soldado podría salir con vida…”. Esa noche y madrugada la muerte se dio un festín. Y confirma Díaz del Castillo: “Pues al astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que también ahí murió con su caballo”.
José Luis Martínez en su libro “Hernán Cortés” (pág. 269) anotó que: “un soldado llamado Blas Botello, nigromante o astrólogo, había predicho que si en aquella noche no salían de México, todos perecerían. Entre los muchos que morirían se contó él, y entre sus papeles hallaron cifras de sus vaticinios que predecían su propia muerte”.
Una fecha predicha como favorable para su colectividad, por un hombre que moriría ese día.

KM. 2.2 ESAPATORIA CON PUENTE Y QUIZA UN SALTO
De las últimas cosas que hizo Cortés en el Palacio de Axayácatl antes de escapar, fue rezar a Nuestra Señora de los Remedios. Los españoles habían aprovechado materiales de dicho palacio e hicieron un puente portátil que permitiría el paso de hombres y caballos, porque la isla se conectaba a tierra firme con calzadas que tenían un sistema de cortes. Dice  “México a través de los siglos”, (pág. 418) que: “Era medianoche, los guerreros mexicas dormían, el cielo estaba oscuro y llovía con fuerza… salió el ejército (europeo) silencioso, el lodo impedía el ruido, y la oscuridad apagaba el brillo de las armas… tras ellos marchaban los tlaxcaltecas llevando el puente y al cuidado de defenderlo”.
Ingeniosa fue la idea de hacer un puente que se podría poner y quitar tantas veces como fuera necesario para librar las aperturas de la calzada. La huida fue descubierta, se dio la voz de alarma y toda la fuerza de la isla se abalanzó sobre los fugitivos. Los mexicas lograron interrumpir la huida de la retaguardia española, y los que no pudieron  escapar regresaron a su guarida.
Acerca del puente que iba a servir para librar cada una de las cortaduras del camino, dice Antonio de Solís, (pág. 257) que los que llevaban cargando el puente, lo pasaron “a la vanguardia, y los que lo llevaban a su cargo, lo acomodaron en el primer canal, pero aferró tanto a las piedras que lo sustentaban, con el peso de los caballos y la artillería, que no quedó capaz de poderse mudar a los demás canales, como se había presupuesto ni llegó el caso de intentarlo, porque antes que acabase de pasar el ejército el primer tramo de la calzada, fue necesario acudir a las armas…”.
William H. Prescott menciona que eran 7 cortes los que tenía la calzada de Tlacopan, y dice (pág. 380) que una vez utilizado el puente portátil por primera vez: “los soldados… y sus esforzados compañeros, probaron levantar el pesado puente, pero… en vano forcejearon con todo empeño en moverlo… el peso de tantos hombres y caballos y sobretodo artillería, habían enterrado tan fuertemente las vigas en las piedras que no era posible arrancarlas… en medio de una lluvia de flechas… se vieron obligados a abandonar su intento…”.

El ataque mexica fue desde canoas, a pie en la calzada, desde las azoteas. Dice “México a través de los siglos”, (pág. 418) que: “los mexicas se apoderaron del puente”.  Según estas últimas referencias, el ingenioso recurso para librar los cortes de la calzada, no resolvió el problema.
La obra “Visión de los vencidos” ofrece una versión más exitosa del puente, o mejor dicho puentes en plural. Dice (Pág. 111) que: “Llevaban consigo puentes portátiles de madera. Los fueron poniendo sobre los canales: sobre ellos iban pasando… Aun pudieron pasar los canales  de Tecpantzinco, Tzapotlan, Atenchicalco. Pero cuando llegaron al de Mixcoatechialtitlan, que es el canal que se halla en cuarto lugar, fueron vistos…” y hasta ahí describe. Esta versión no dice que se hayan quedado atorados. Como se puede ver, hay versiones para todos los ánimos.
“México a través de los siglos”, (pág. 419) expone que: “todas las riquezas se hundieron en el agua y muchos cañones… y después Pedro de Alvarado… la cruzó (la cortadura del camino) por una viga subiendo por el otro lado a las ancas del caballo de Gamboa, caballerizo de Cortés, según el mismo declara en su proceso, y no saltándola con la lanza, como el vulgo refiere y lo cual dio origen a que se pusiese a la calle donde estaba la cortadura el nombre de Puente de Alvarado”.
Pero Antonio de Solís, (pág. 259) dice que Pedro de Alvarado se hallaba: “combatido por todas partes, muerto el caballo y con uno de los canales por la frente, fijó su lanza en el fondo de la laguna, y saltó con ella de la otra parte, ganado elevación con el impulso de los pies, y librando el cuerpo sobre la fuerza de los brazos, maravilloso atrevimiento que se miraba después como novedad monstruosa, o fuera del curso natural…”.
William H. Prescott dice (pág. 383) sobre Pedro de Alvarado y el obstáculo de su escape que: “apoyando fuertemente su larga lanza en los escombros que llenaban el canal, y haciendo todo el esfuerzo que pudo, lo salvó de un salto… no se dice el ancho de la zanja, pero era tan grande que el valiente capitán Díaz se acordaba muy bien de ella, dice que era imposible salvarla… era indudablemente una creencia popular en aquella época, ahora es sabida de todos los habitantes de la capital, y el nombre de Salto de Alvarado que lleva el lugar, recuerda un hecho que rivaliza con los semidioses de la fabula griega”.

Las versiones coinciden en que cruzó. Difieren en el “cómo” y de ahí nace la leyenda.
Bernal Díaz del Castillo (pág. 400) anotó que: “así sería cuando el Pedro de Alvarado llegó a la puente… porque ya que quisiese saltar y sustentarse en la lanza en el agua, era muy honda, y no pudiera llegar al suelo con ella.. y además de esto, la abertura era muy ancha, y alta, que no la podría saltar… también digo que no la podía saltar ni sobre la lanza ni de otra manera porque después… me hallé muchas veces en aquella puente … que se llama ahora la puente del salto de Alvarado, y platicábamos muchos soldados sobre ello y no hallamos razón ni soltura de un hombre que tal saltase… digo que no la pudo saltar de ninguna manera”.
PERSECUCION LIMITADA
La distancia del Zócalo de la Ciudad de México hasta Tacuba, no es mucha, son 7 kilómetros. Para dar una idea: Del Zócalo a Metro San Cosme son 3.8 km, al Metro Colegio Militar 4.8 km, al Metro Popotla 5.4 km, al Árbol 5.8 km, al Metro Cuitláhuac 6.2 km, y al Metro Tacuba 7.
Cabe preguntarse: ¿Por qué los mexicas no los persiguieron hasta fulminarlos por completo? ¿Por qué detener la persecución y darles un respiro? Tacuba no era un poderoso enemigo de los mexicas como para provocar un freno, ni es que ahí tuvieran los españoles fuerzas de repuesto. Tampoco es que los guerreros mexicas que venían en canoas no hubieran podido desembarcar. Su dios principal era el de la guerra, y habrían tenido mucho que sacrificarle y material para adorarle con semejante victoria. ¿No? Los mexicas, temibles guerreros que habían recorrido cientos de kilómetros para conquistar poblados, este día no completaron 7 km. para oprimir a quienes habían mancillado su orgullo en el corazón mismo de su imperio.
“México a través de los siglos”, (pág. 419) delimita el punto en que se detuvo la hostilidad, y dice que: “Los mexicas persiguieron a los españoles desde sus canoas hasta que pasaron la calzada y entraron en Tlacopan”.

Al parecer hubo un cierto cese a la persecución y esa pausa la aprovecharon los españoles. Dice Antonio de Solís, (pág. 259) que: “se hizo alto cerca de Tacuba, no sin recelos de aquella población numerosa… se tuvo atención a no desamparar luego la cercanía de la laguna, por dar algún tiempo a los que pudiesen escapar de la batalla, y fue bien discurrida esa detención, porque se logró recoger algunos españoles y tlaxcaltecas que mediante su valor o su diligencia, salieron nadando a la ribera o tuvieron suerte de poderse ocultar en los maizales…”.
Antonio de Solís da una explicación a porque los mexicas hicieron esa pausa en su persecución sobre los españoles, quienes eran blanco debilitado, habían sufrido varias muertes, algunos de ellos más pesados por quizá aun cargar metales preciosos. ¿Qué frenó a los mexicas a seguir a su presa hasta el final? Dice (pág. 261) que : “murieron al rigor de las armas los hijos de Moctezuma… cebados al amanecer los indios en el despojo de los muertos, reconocieron atravesados en sus mismas flechas a estos príncipes miserables, que veneraban con aquella especie de adoración que dieron a su padre. Quedaron al verlos absortos y espantados… corrió finalmente la notica por sus tropas, y cayó sobre todos el miedo y el asombro, suspendiéndose por un rato el uso de sentidos y potencias”. Se informó a Cuitláhuac de la muerte de los hijos de Moctezuma, y él: “ordenó que hiciese alto el ejército, dando principio a la ceremonia de los llantos y clamores funerales, que debían preceder a las exequias, hasta que llegasen los sacerdotes con el resto de la ciudad a entregarse de aquellos cuerpos reales, para conducirles al entierro de sus mayores”.

William H. Prescott, (pág. 387) da una idea de por qué los mexicas no siguieron hasta el final a sus enemigos: “La mayor parte del día siguiente a la salida de los españoles, permanecieron los mexicanos en la capital, ocupados en limpiar las calles y calzadas de los cadáveres hacinados en ellas, cuya putrefacción podía originar una peste. Tal vez se ocuparían también en tributar los últimos honores a los guerreros que habían muerto en aquella jornada, el sacrificio de los desgraciados prisioneros que al contemplar la suerte que les esperaba, seguramente envidiarían la de los que habían perdido la vida en campo de batalla. Fue mucha fortuna para los españoles que en el extremo en que se encontraban les hubieran dado tiempo de respirar”.
El mismo autor señala (pág. 383) que “Por fortuna de los españoles… distrajo la atención de los aztecas, el rico despojo que se hallaba sembrado en el campo de batalla, pues si hubieran continuado persiguiéndolos con el mismo encarnizamiento con que comenzaron, hubieran sin duda perecido todos los cristianos por la triste situación en que se encontraban, pero poco molestados, pudieron desfilar por la inmediata aldea o más bien suburbios de Popotla.”

La obra “Visión de los vencidos” (pág. 114) dice que: “Hasta Tlacopan los persiguen, hasta Tlacopan los echaron”. Si este fue el concepto, “echarlos de Tenochtitlán”, entonces no era el ánimo aniquilarlos por completo. Echar a alguien de un sitio no es “matarlo”. Echarlos “hasta” Tacuba, tiene un ligero sentido de “aquí ya no son bienvenidos” y largo. Nada más.
Más adelante la misma obra (pág. 122) confirma la idea de que para los mexicas con eso bastaba. En un párrafo con titulo “La actitud de los mexicas después de idos los españoles” dice que: “Cuando se hubieron ido los españoles se pensó que ya nunca jamás regresarían, nunca jamás darían vuelta. Por tanto, otra vez se aderezó, se compuso la casa del dios. Fue bien barrida, se recogió bien la basura, se sacó la tierra… llegó Huey Tecuilhuitl (séptimo mes, en su primer día se festejaba a Huixtocíhuatl, diosa de la sal), una vez más, otra vez la festejaron… a todos los sustitutos de los dioses otra vez los adornaron, les pusieron sus ropas y sus plumajes de quetzal”.
Hugh Thomas en su obra “La conquista de México” es simple y claro al respecto (pág. 468): “Cuitláhuac no hizo ningún esfuerzo por perseguir a los castellanos, seguramente los suponía definitivamente quebrados.”

Así que probablemente por celebrar un duelo y funeral, o por limpiar su ciudad evitando un contagio, o por haberlos echado fuera y creer que nunca regresarían, o por enfocarse a un festejo de su cultura, no se consideró necesario aniquilar al enemigo.
Pero cabe otra posibilidad. Veremos que algunos autores afirman que los mexicas enviaron noticias a sus aliados o tributarios acerca de lo sucedido, y esperaban que aquellos se encargaran de finiquitar el asunto. Es decir, aprovechar su red imperial de poder y pasar la tarea de atacar al enemigo a esos otros pueblos. En esa lógica, no había necesidad de ir tras los fugitivos desde Tenochtitlán, sino mejor que cada pueblo al que 
llegaran los lastimara o los ahuyentara.
Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, en su obra “Historia de la nación chichimeca” (pág. 232) dice que luego del cerro Tototépec, Cortés: “fue a hacer noche en Quauhximalpan, en donde tuvo refriega con los enemigos: otro día llegó a Teocalhueyacan, habiendo tenido por todo el camino debates y contiendas con los mexicanos: aquí reparó y estuvo un día con su ejército, en donde se sustentaron de yerbas, y luego prosiguió su camino e hizo noche en Tepotzotlán, en donde tuvo poca resistencia, y descansó un día, y otro día llegó a hacer noche en Aychqualco, y otro día llegó a Aztaquemecan, en donde tuvo una sangrienta y peligrosa batalla… otro día legaron a aquello llanos de la provincia de Otumpan (Otumba) con grandísimo trabajo, y allí les salieron más de doscientos mil hombres que iban en su seguimiento, en donde tuvieron una muy cruel batalla”.

KM. 5.8:  EL ARBOL DE POPOTLA Y EL LLANTO
“México a través de los siglos”, (pág. 420) narra que: “Se cuenta que Cortés, recostado en el ahuehuete de Popotla y viendo pasar los restos desbaratados de su ejército, lloró de rabia y de dolor, y por esto se llama a ese ahuehuete el Árbol de la Noche triste. Más tal suceso no pasa de una leyenda popular, Popotla quedaba aun dentro de la laguna, y hasta allí llegaron los indios en canoas batiendo a los españoles… Nosotros creemos buenamente que no lloró Cortés. Apenas llegado a Tlacopan, como los mexicas siguieron la persecución y vio alborotados a los tepanecas, antes que éstos tomasen las azoteas ordenó a los suyos… la refriega (la batalla)”.
Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, (pág. 232) dice que: “Salido que fue Cortés con los suyos aquella noche con tan gran perdida, se fue retirando por los altos de Tlacopan, que es hacia el cerro Tototépec, que llaman el día de hoy Nuestra Señora de los Remedios, en donde milagrosamente la reina de los ángeles los favoreció y socorrió, y según la relación citada de los tlaxcaltecas, se paró allí el capitán Cortés triste, afligido y derramando muchas lágrimas, viendo por una parte la muerte de tantos compañeros y amigos, que dejaba muertos en poder de sus enemigos, y por otro el manifiesto milagro que la reina de los ángeles… había hecho”, refiriéndose a lograr salvarse.
Un par de versiones bastan para ver que algunos autores niegan que haya tenido ánimo o tiempo de detenerse a llorar. Otros dicen que si lloró hasta que estuvo en Tacuba. Otros que lloró pero en otro ahuehuete no lejos de Popotla. Otros que lo hizo hasta el cerro de la Virgen de los Remedios. Otros que no hubo lágrimas. Como sea, la nomenclatura de la ciudad hace memoria del hecho, tanto que el emblema de la estación del Metro Popotla es el árbol (en su aspecto vivo y frondoso). Mejor un ahuehuete que una lágrima.
La “Visión de los vencidos” (Pág. 114 y 115) dice sobre los españoles que: “cuando hubieron llegado a Popotla, amaneció, esclareció el cielo, allí, refrigerados ya, a lo lejos tenían combate”, y señala que en un sitio denominado Xoxocotla, “allí fue herido y en ese sitio murió Tlaltecatzin, príncipe tepaneca”.  He querido mencionarlo porque en honor a ese príncipe, en Azcapotzalco hubo un museo con su nombre, fruto del esfuerzo de Don Octavio Romero, quien de forma muy peculiar y única, consiguió los objetos que en el valioso museo exhibía.

¿POR AZCAPOTZALCO O EN EL?

En Tacuba es muy sencillo tomar la Avenida Azcapotzalco desde su inicio. Un camino sin duda muy antiguo, desde la época que nos ocupa, con sus obvios cambios en el tiempo. De Tacuba al Jardín Hidalgo en el centro de Azcapotzalco, son 2.4 kms. Esto sirve para entender por qué en las siguientes citas se narra que la gente de Tacuba, Azcapotzalco y hasta Tenayuca, salieron a enfrentar a los fugitivos, su cercanía lo hace lógico. Este es el motivo de que estas poblaciones aparezcan en el relato de ese día 1 de julio de 1520. Porque sus guerreros fueron a la ofensiva contra los que escapaban. Lo refiero ya que deseo examinar la posibilidad de que Cortés y los suyos hubieran “entrado” a nuestra alcaldía, a su suelo:
“México a través de los siglos”, (pág. 419) señala que: “No pudieron tomar descanso los españoles en Tlacopan, pues atacados por los del lugar y los de Azcapotzalco, tuvieron que romper de frente hasta llegar a un cerro donde había un teocalli y se hicieron fuertes. Pudo sin embargo, Cortés, antes que los tepanecas tomasen las azoteas y formalizaran su ataque, organizar los restos de su ejército y emprender una marcha arreglada…”.
Antonio de Solís (pág. 261) dice que luego de un descanso ganado por el hecho de que los mexicas estaban entretenidos en el funeral de los hijos de Moctezuma: “Tardaron poco en dejarse ver algunas tropas de guerreros que seguían las huellas sin acercarse, gente de Tacuba, Azcapotzalco y Tenayuca, convocada por los mexicanos para que saliesen a entretener la marcha… fueron de poco impedimento en el camino, porque anduvieron siempre a distancia que solo podían ofender con las voces…”.
Bernal Díaz del Castillo, (pág. 399) dice que luego de llegar a tierra firme, Cortés dijo: “que los que habíamos salido de las calzadas era milagro, que si a los puentes volviesen, pocos escaparían con las vidas… reparamos en los patios de Tacuba, y ya había venido a México, como está cerca, dando voces, y a dar mandado a Tacuba y a Escapuzalco y a Tenayuca para que nos saliesen al encuentro. Por manera que nos empezaron a tirar vara y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes, engastonadas, en ellas de nuestras espadas que nos tomaron en este desbarate”. En (pág. 401) dice que: “los que estábamos ya en salvo en lo de Tacuba no nos acabásemos del todo de perder, e porque habían venido muchos mexicanos y los de Tacuba y Ezcapuzalco y Tenayuca y de otros pueblos comarcanos sobre nosotros, que a todos enviaron mensajeros desde México para que nos saliesen al encuentro en las puentes y calzadas, y desde maizales nos hacían mucho daño…”.
Christian Duverger, dice en su obra “Cortés” (pág. 190) que en el escape, una vez que atravesaron la laguna: “la tropa remonta hacia el norte y encuentra refugio en lo alto de una colina, no lejos de Azcapotzalco, donde más tarde los españoles erigirían un Santuario a Nuestra Señora de los Remedios. Los otomíes que habitan esos parajes les llevan comida, pero los aztecas los acosan. Para evitar que los sitien, hacia la medianoche Cortés da la orden de abandonar el lugar. Nadie ha dormido todavía desde hace tres días…”.
José Luis Martínez (pág. 272) dice que: “en Tacuba continuó el acoso indígena pero de alguna manera resistieron los españoles, y en un Cu (templo) y caserío cercano, que después se llamó Nuestra Señora de los Remedios, quedaron hasta la medianoche siguiente”.

Ese decir que el día 1 de julio de 1520, inició con el escape de Tenochtítlan antes del amanecer, y terminó en reunión de sobrevivientes cuando alcanzaron el mencionado cerro. Ese sitio está en línea recta a 13.3 kilómetros del Zócalo. De modo que podemos afirmar que el 1 de julio de hace 500 años, los españoles y tlaxcaltecas recorrieron en 24 horas al menos 13.3 kms. en fuga. No así los mexicas.
La única obra que he podido consultar que indica una estancia de Cortés en nuestra alcaldía es “Azcapotzalco en el tiempo”, (pág. 60), que dice que los europeos “escaparon hacia el poniente, pudieron burlar la vigilancia de los centinelas tepanecas apostados a lo largo de la calzada de Tlacopan, que unía a Azcapotzalco con Xochimilco (pasando por la gran capital) y llegaron a las cercanías de Azcapotzalco, no sin antes haber sufrido bajas considerables a manos de los defensores.. Derrotado y fugitivo, Cortés pasó de Azcapotzalco a Otumba”. Aunque primero dice “cercanías” luego ya pone a Azcapotzalco como punto de partida para ir a Otumba.
En su escape de hace 500 años, Cortés y los suyos pasaron por Azcapotzalco. Y subrayo el “por”. No he conseguido una fuente antigua que exprese con precisión que estuvieron ahí. Como se puede ver, las obras citadas mencionan a Azcapotzalco como referencia de “por” donde siguió la fuga después de salir de Tacuba. Incluso se habla de la gente de Azcapotzalco que habrá salido a guerrear o ahuyentar a los europeos, junto con los de Tacuba y guerreros de Tenayuca. De lo que no tengo documentos o afirmaciones antiguas, es si ocurrió en algún sitio dentro del perímetro actual de nuestra alcaldía. La única afirmación que conseguí fue la de la obra “Azcapotzalco en el tiempo” que dice como vimos: “derrotado y fugitivo, Cortés pasó de Azcapotzalco a Otumba”.
Hernán Cortés refiere el episodio sin precisar nombre de lugar. En sus “Cartas de Relación”, (pág. 104): “Y llegado a la dicha ciudad de Tacuba, hallé toda la gente (la suya) remolinada en una plaza, que no sabían dónde ir, a los cuales yo di prisa que se saliesen al campo antes que se recreciese más gente en la dicha ciudad y tomasen las azoteas, porque nos harían de ellas mucho daño. Y los que llevaban la delantera dijeron que no sabían por donde habían de salir, y yo los hice quedar en la rezaga, y tome la delantera hasta los sacar fuera de la dicha ciudad, y esperé en unas labranzas… y ahí estuve hasta que pasó toda la gente peleando con los indios, en tal manera que los detuve para que los peones tomasen un cerro donde estaba una torre y aposento fuerte, el cual tomaron sin recibir algún daño…”.
Otras fuentes citan ese cerro, como Christian Duverger, y se trata de la colina donde está ahora el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios. Busqué en el texto del propio Cortés que mencionara claramente Azcapotzalco, entre Tacuba y la colina de la Virgen de los Remedios, pero solo habla de unas labranzas. ¿Serían esas labranzas, cultivos en la región propia de Azcapotzalco?

No sé si Cortés estuvo “en” Azcapotzalco, pero si confirman los documentos que “por” Azcapotzalco, es decir en su cercanía. Sin embargo, la posibilidad es alta.
Para explicarlo, imagine el lector que vemos un mapa de la zona, y que Tacuba fuera el centro de un reloj. En ese caso, Azcapotzalco quedaría a las 11 y 12 horas. Y el cerro que se cita donde ahora está el Santuario de la Nuestra Señora de los Remedios, estaría a las 10 horas. La línea recta que une Tacuba con el cerro del Santuario (distancia de 6 kms.), queda perfectamente en paralelo (y bastante cerca) con lo que es la Calzada de la Naranja (arteria que divide Naucalpan y Azcapotzalco). Y no exagero cuando digo “perfectamente”. Así es. Lo digo porque tengo la Guía Roji ante mí al momento de escribir esto. La ruta más recta entre Tacuba y el cerro es paralela y muy cercana a dicha calzada. Y no hay motivos para pensar que pudieron avanzar en “estricta” línea recta. Muy probablemente hubo por ejemplo rocas, zanjas, grupos de magueyes, etc. que lo impedían. Es importante señalar que para alejarse de Tenochtitlán, ya que tomaron la calzada de Tacuba, yendo en casi línea recta, y viendo un mapa, era natural entender que llegaran al mencionado cerro, no solo por su ventaja estratégica por su elevación, sino porque la mayoría de sobrevivientes podrían seguir esa casi línea recta fácilmente, sin perderse, alejándose en cada paso de sus enemigos.
No tengo base documental para afirmar que los fugitivos pisaron el territorio de los actuales pueblos azcapotzalquenses de San Miguel Amantla o Santiago Ahuizotla. También pudieron haber ido de Tacuba por los vecinos mexiquenses Ahuizotla y Naucalpan para llegar al mencionado cerro.
Afirmar que pasaron “por” Azcapotzalco y no que “estuvieron en”, me parece prudente.

KM. 13.3 CERRO DONDE HOY ESTA LA BASILICA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS REMEDIOS
De Tenochtitlán a Tacuba son 7 kilómetros, y de ahí al mencionado cerro son 6.3 más, en suma, 13.3 kms. Todo en una línea casi recta. Sobre la noche del 1 de julio de 1520, dice Hugh Thomas (pág. 469) que: “La primera noche después del repliegue, los castellanos descansaron un rato en un templo de Otoncapulco, donde después se construiría una iglesia conocida como Nuestra Señora de los Remedios… madona de la catedral de Sevilla a la que había rezado Cortés antes de salir del Palacio de Axayácatl… a la medianoche, más bien a las primeras horas del 2 de julio, tras descansar unas horas, los castellanos siguieron su marcha”.

Dice William H. Prescott, (pág. 384 y 385) que al cerro: “coronábalo un teocalli, cuyo atrio ocupaba un gran espacio, y por su posición… ofrecía un seguro lugar de refugio a las fatigadas tropas…”. Había un grupo de guerreros indígenas que “opuso poca resistencia, y después de una débil descarga de flechas… dejó el campo a los españoles… allí encontraron algunas provisiones… había también en los patios gran cantidad de leña destinada a usos religiosos” con la que encendieron fuego y secaron sus ropas.
El día 1 de julio lo inició Cortés encomendándose a la Virgen (en su advocación de Nuestra Señora de los Remedios), y lo concluyó en un sitio en donde tiempo después se construiría una iglesia en honor a ella. Actualmente dicho sitio ostenta la categoría de Basílica. (Y no hay que olvidar que en Cholula, donde Cortés descubrió la trampa que le habían tendido, tiempo después se construyó en la cima de la pirámide, una iglesia dedicada también a la Virgen de los Remedios).
Sobre la imagen de la Virgen de los Remedios y el día 01 de julio de 1520, se cuenta, según refiere Silvia Chávez en su artículo del periódico La Jornada (2 septiembre 2013) “Cientos veneran a la Virgen de los Remedios en Naucalpan” que la imagen “llegó en la expedición del conquistador Hernán Cortés… es una pieza de madera tallada de 25 centímetros de altura… que Juan Rodríguez de Villafuerte, uno de los capitanes de Hernán Cortés, trajo la imagen cuando partió hacia América…” y que aquel día en su escape, el ejército español “se refugió en el cerro de Otoncalpulco (hoy Los Remedios), donde Juan Rodríguez de Villafuerte sepultó la imagen debajo de un maguey. En 1535 la figura fue descubierta por el cacique otomí Ce Cuauhtli… quien la llevó a su casa… a menos de un kilómetro del sitio del hallazgo”.

LAS SIGUIENTES DOS NOCHES, EN TERRITORIO DE TEPANECAS
Las noches del 3 y 4 de julio de 1520, Cortés y los suyos las pasaron en donde había tepanecas. Explica Hugh Thomas (Pág. 470) sobre la del día 3 que: “La expedición hizo alto por la noche en una torre, una casa fortificada de Teocalhueycan, protegida por una barrera de rocas, en la cima de un pequeño monte. Los habitantes eran tepanecas, quienes, conquistados en los años 30 del siglo XV por los mexicas, habían padecido la atención de Moctezuma… los habitantes les dieron “pastura para las bestias”, agua, maíz, tortillas, huevos, tamales y rebanadas de calabacines. Este apoyo les dio ánimo tanto psicológico como físico”.
El 4 de julio, es decir: “Al día siguiente, Cortés se dirigió hacia Tepotzotlán ciudad a orillas de un lago y a veinticuatro kilómetros hacia el norte de Tenochtitlán. Los habitantes de esta ciudad eran tepanecas también y no tenían nada en común con los mexicas a los que habían de pagar tributo: sin embargo habían huido hacia las montañas al enterarse de la llegada de los castellanos, lo dejaron todo, incluyendo sus reservas de alimentos. Los castellanos comieron y pernoctaron en las casas reales…”.
Acciones del pasado trajeron consecuencias ahora. La guerra y derrota que hicieron los mexicas al Azcapotzalco de Maxtla, diseminó víctimas tepanecas por diferentes rumbos, y cerca de 90 años después, ciertos grupos tepanecas ofrecieron o dejaron alimentos y descanso a los lastimados españoles, enemigos de los mexicas. Vueltas que da la fortuna.
OTUMBA
Algunas citas señalan que en su escape hacia Tlaxcala, los españoles tuvieron varias batallas de diferente calado. Muy probablemente la mayor fue la de Otumba. Dice William H. Prescott (Pág. 402) que Cuitláhuac, luego de ser liberado de su prisión a petición de Moctezuma, “tomó parte en los patrióticos movimientos de su pueblo. Él había dirigido los ataques de las calles de la ciudad y los de la Noche triste y a instancias suyas se reunió el poderoso ejército, que disputó el paso a los españoles, en el Valle de Otumba”. Esa batalla se verificó el 7 de julio de 1520. Es complejo entender porque si Cuitláhuac tuvo a los europeos bastante perjudicados el día 1 de julio al alcance de su mano, a escasos 7 o 13 kilómetros de su propio cuartel, para qué darles 6 días de relativo respiro, y desplazar su ejército hasta Otumba. La estrategia no funcionó. Esa batalla la ganaron los españoles y tlaxcaltecas. De hecho ganaron casi todas las que siguieron, y el desenlace es de todos conocido.
Por vivir en Azcapotzalco, trabajar en Popotla, mi mamá haber nacido en Tacuba y tener amistades en el Centro histórico de la ciudad de México, mis trayectos personales cotidianos son en la zona de aquel suceso. Y por ello, a veces pienso en ese 1 de julio de 1520, y en esos 13.3 kilómetros.

BIBLIOGRAFIA
Azcapotzalco en el tiempo. Compañía editorial impresora y distribuidora, S. A. Delegación del Departamento del Distrito Federal en Azcapotzalco. 1974. México.
Cartas de Relación. Hernán Cortés. Editorial Porrúa, S. A. de C. V. Colección “Sepan cuántos…” núm. 7, primera edición en la colección 1960. México.
Cortés. Christian Duverger. Santillana Ediciones Generales, S. A. de C.V. 2005. México.
Guía Roji. Guía Roji, S. A. de C.V. 2010. México.
Hernán Cortés. José Luis Martínez. Fondo de Cultura Económica, UNAM. 1997. México.
Historia de la Conquista. Antonio de Solís. Editorial Porrúa, S. A. de C. V. Colección “Sepan cuántos…” núm. 89, primera edición en la colección 1968. México.
Historia de la conquista de México. William H. Prescott. Editorial Porrúa, S. A. de C. V. Colección “Sepan cuántos…” núm. 150, Primera edición en la colección 1970. México.
Historia de la nación chichimeca. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Tomo II. Instituto mexiquense de cultura. UNAM. 1997. México.
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Bernal Díaz del Castillo. Editorial Planeta. 1992. España.
La conquista de México. Hugh Thomas. Editorial Patria, S. A. de C.V., 1994. México.
La Jornada (periódico). Silvia Chávez González. “Cientos veneran a la Virgen de los Remedios en Naucalpan”, 2 septiembre 2013. México
México a través de los siglos. Tomo segundo, Editorial Cumbre, S. A., Varios autores. Dirigida por Vicente Riva Palacio. 17 edición. México.
Visión de los vencidos. Versión de textos nahuas: Ángel María Garibay. Miguel León-Portilla. UNAM. 2018. México.

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