miércoles, 15 de mayo de 2019


La última batalla en Azcapotzalco 1821… Una evidencia de peso.

Por: Patricio Garibay.

A casi dos años de que se cumpla el bicentenario de la consumación de la llamada independencia mexicana, aún existen personas que ponen en tela de juicio si en nuestro querido Azcapotzalco se combatió la última batalla del ejercito Trigarante o no fue así. Mi amigo Martin Borboa comenta que los duranguenses se atribuyen también la épica acción bélica. Al mismo tiempo mi estimado José Carbajal descarta con argumentos sólidos que la última batalla haya ocurrido en el bello estado de Durango, pues dice, que lo ocurrido en la capital duranguense la noche del 30 de agosto de 1821, se trató en realidad de una rendición de un destacamento Realista que había sido  sitiado días antes, y no una batalla como la ocurrida en la villa de Azcapotzalco la noche del 19 de agosto de 1821. Es decir, que mientras en Durango no se disparó ni un solo tiro y únicamente se entregó la plaza: en Azcapotzalco si hubo disparos, cañonazos, heridos y difuntos, difuntos dentro de los que se cuenta al heroico Encarnación Ortiz “el Pachón”. Y Borboa replica pidiendo que se busque en "Historia de México", libro 5, capitulo IX, pag. 210 de don Lucas Alaman, donde afirma que; sí hubo balazos en Durango.  Yo sugiero que tampoco olvidemos que las ultimas fuerzas españolas fueron obligadas a abandonar la veracruzana fortaleza de San Juan de Ulúa cuatro años después.


Pero por si fuera poco aún hay personas que niegan el hecho de armas ocurrido en Azcapotzalco. Si, lo niegan, como cierto amigo nativo de San Juan Tlihuaca, amigo del que prefiero omitir su nombre, quien hace eco de algún historiador que afirma categóricamente que tal Batalla Azcapotzalquence nunca sucedió. El historiador y mi incrédulo amigo sostienen que no hay documentos históricos que acrediten ese suceso, que solo existen testimonios orales trasmitidos de padres a hijos, algunos breves apuntes de don Carlos María de Bustamante y nada más. A tal argumento le respondo entonces que eso es algo tan absurdo como pensar que si no encuentro el acta de nacimiento de mi abuelita entonces eso significaría que mi abuelita nunca existió. 

Entiendo que la historiografía es una disciplina o si lo prefieren una ciencia que se debe fundamentar ante todo en evidencia sólida y tangible. Y precisamente tal evidencia fue la que encontró mi amiga y actriz de la compañía teatral “Club Sándwich” Graciela Rojas en su casa en el año de 2015. He aquí los hechos tal como me los narró…   

-Bueno yo toda la vida he tenido perros, ni yo ni mi familia podemos vivir sin al menos un perro. Hace aproximadamente 2 años nuestra perrita llamada Wendy se murió, como nosotros tenemos desconfianza con respecto a llevarlos a que los incineren, pues consideramos que tal vez ni los cremen, sino que simplemente los tiran a la basura y luego le entregan a uno las cenizas de quién sabe cuántos fumadores y después dicen que esos son los restos del perrito. 

Afortunadamente donde vivo en la calle de alcanfores en la Colonia Pasteros la propiedad es relativamente grande y contamos con un patio exterior, pues ahí, a un ladito de un árbol hicimos un hoyo para enterrarla, queríamos que fuera bastante hondo, porque estaba cerquita de los cuartos que habitamos. Entonces mi hijo comenzó a escarbar y escarbar hasta que se topó con una cosa muy dura, pensó que tal vez se trataba de una piedra, pero enseguida se percató que tenía más facha de pelota que de piedra, continuó escarbando hasta que al fin descubrió de que se trataba, soltó la pala y entró corriendo a la casa a toda prisa a decirme: ¡Mira mamá lo que encontré! ¡Es una bala de cañón! 



Está cubierta de herrumbre y pesa aproximadamente 5 kilos

Al principio no le creí, por lo que me pidió que la tomará pero que la sujetara con las dos manos, y efectivamente era bastante pesada, yo me quedé muy asombrada, aunque a decir verdad yo sospechaba que ahí hay más cosas enterradas, seguramente si continuamos escarbando encontraríamos más cosas, porque, de hecho, ahí hay un pozo sin fondo, una cavidad que por más que le echamos agua y piedras jamás hemos escuchado el ruido del fondo. Después la entrada quedó sepultada por piedras y cosas de cascajo, y aún más cuando empezamos a construir los demás cuartos. Considero que ahí hay muchas cosas por descubrir, pero claro que no me voy a poner a destruir toda la casa para averiguarlo. 

El caso es que guardé la dichosa bala de cañón en espera de saber qué hacer con ella, primero pensé en donarla al historiador y en ese entonces delegado Pablo Moctezuma, ya que éramos amigos, por lo que le pedí varias veces una cita, cita que nunca me dio.  Por esta razón y otras cosillas, le perdí la confianza. Desde entonces conservo la pesada bola y sigo con la idea de donarla algún día a un museo de Azcapotzalco, siempre y cuando se coloque una plaquita con mi nombre y donde fue encontrada la histórica bala.

Está documentado que en agosto de 1821 esa zona fue el paso de las fuerzas Insurgentes que desde la antigua hacienda de los Remedios avanzó rumbo a la Ciudad de México al mando de los comandantes Luis Quintanar y Anastasio Bustamante y la bala encontrada en la colonia Pasteros es la evidencia tangible y de peso, de mucho peso de que en el viejo Azcapotzalco tuvo lugar una batalla que se llevó acabo hace casi doscientos años, doscientos años en que las élites novohispanas decidieron dejar de ser parte de un imperio y formaron una nueva y frágil nación a merced de los imperios emergentes. 


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