sábado, 14 de noviembre de 2020

 

ELLA, LA CALLE, Y SUS PERPLEJIDADES

Por: Gustavo Aquino

Nació con el poder de la naturaleza, era de un barrio que antes era parte del pueblo de San Juan Tlilhuaca. La perseguía la oscuridad, pero era tan segura al caminar.

La conocí en este mar de casualidades. Con la lluvia entre nosotros, caminamos atravesando este pueblo tan antiguo. Empezó a caer granizo. Esta calle de Tepanecas, siempre con sus sorpresas. Nos refugiamos primero en un local de productos vegetarianos, después en una zapatería, luego en un café internet donde encontramos a otros tipos empeñados a vivir.

Nos permitieron esperar en tanto pasaba aquella tormenta.

Ingenuamente creímos que todo pasaría en unos minutos, atónitos vimos cómo el granizo se metía en aquel refugio. La responsable del lugar hacía esfuerzos por sacar el agua y los pedazos de nube que tercamente se metían por esa puerta. Apagó las computadoras, ayudamos a que nuestro pequeño espacio no se inundara, fue inevitable, se tuvo que cerrar. Salimos de aquel desastre después de algo así como medio siglo y algunos minutos de más.

Y esa gran avenida apareció ante nosotros, donde las ceremonias significaban el advenimiento, el resucitar de culturas, cuando ver el cielo en la noche era para leer las estrellas. La Avenida, donde corrían los niños a tomar agua clara de un manantial, los mayores ingerían pulque, comían maíz tostado y huitlacoche recién salido de las milpas, ahora se veía tan lejana.

Esa calle de Tepanecas, este día inundado, parecía anunciar el regreso del Lago de Texcoco.

Para llegar a la avenida Azcapotzalco teníamos que rodear el jardín, bautizado irónicamente del “Siglo XXI”, y descubrir que aun así no podríamos llegar, y regresamos, caminamos sobre Rayón, intentamos rodear por Esperanza, era imposible, rodeamos el mercado, aún tuvimos que caminar hasta el Quiosco, con mucho cuidado porque podíamos resbalar con tanto granizo y tanto charco, difícil saber si estabas metiendo el pie en una zanja, o pisando una pared de origen Tepaneca o Mexica.

Ella no se soltaba de mis manos y me guiaba con tanta parsimonia, no en balde era la predecesora de tantos desastres.

Me anunció muchas veces el fin. Nunca anunció un aislamiento tan mortal, peor que una epidemia. Peor que la tierra alejándose del universo, desprendiéndose de aquella galaxia, de donde huíamos para ser menos que un punto.

Que ese desastre anunciaba algo peor, una calle inundada de zanjas, de banquetas rotas, el jardín y el mercado cerrados, un lugar sin comerciantes ambulantes.

Finalmente, sobre la avenida, nos dirigimos a un lugar más seguro, la gente alrededor hacía lo mismo, los únicos divertidos eran los niños, jugando a saltar ríos, colocar un barco de papel, meter los pies al agua, con el respectivo regaño de sus madres.

Ella tenía el poder de la naturaleza, y la naturaleza se la llevó y la regresó para decirme que el universo estaba en nuestra casa abandonada.

Últimamente evito su mano porque regresa la tormenta de sus ojos, de sus reclamos, de su cabello revuelto ante mi miseria, de sus brazos inertes ante mis caricias, de sus lonjas descendiendo como una ladera en aquel paraje de avenidas y callejones, llena de crepúsculos, que me hace  avanzar por aquel paraíso, para llegar a un lugar tan oscuro.

Para caminar como un chaneque sobre las calles de Azcapotzalco, tan llenos de perplejidades.

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