sábado, 13 de julio de 2019


CELIA

Por: Gustavo Aquino.

El barrio: La conoció: vendía comida en el mercado de San Juan Tlilhuaca. Un dirigente de comerciantes la asediaba cuando Él se acercó a preguntar por Nazario, pero si estaba Justino podría platicar con él.
(Nazario: un dirigente venido a menos pero a quien el Justino tenía miedo, para el Eustaquio era un nombre que le venía bien a cualquier político mediocre, un nombre exacto para un dirigente vecinal y casualmente, así se llamaba aquel tipo).
Este mercado no es de los mejores de Azcapotzalco, pero se puede encontrar buenas verduras, buenos trozos de carne de res o de cerdo y marchantes muy amables. Los vecinos luchaban por que un terreno baldío, colindante, aparentemente sin propietario, se transformara en un espacio de recreación, de  cultura.
De manera natural los niños jugaban ahí, la gente pasaba por allí a descansar en asientos improvisados. ¿Porqué no convertirlo en un espacio comunal?
Eustaquio no conocía a nadie pero les explicó algo de unas gestiones que él podría ayudarles a realizar. Todos hablaron mal de los Nazarios, unos conocidísimos corruptos, integrantes de un partido político cuyo nombre es preferible no mencionar. Casi no tenía poder, pero le tenían cierto temor. Él se fue directo al puesto de un pasillo a la izquierda de la entrada, al fondo estaban los Beatles, una sonata precisa, el escenario adecuado para conocer a Celia.
Ella vio en Eustaquio la coartada para mandar a la chingada al Justino que la tenía fastidiada (tantos poses de galán, seductor, influyente, con muchas palancas en el gobierno etc., etc.,).  
(El Justino sólo iba a buscar promotores para la siguiente elección de diputados, le darían un buen puesto y Celia sería su asesora, el choro que Nazario decía a todo mundo, a todo incauto, pero vio acercarse al vagabundo jipiteca pensando que venía de un reventón de las vacas bar. ¡Lo iba a asaltar!, se apartó tembloroso)
Eustaquio sabía quién era aquel tipo y para apantallarlo se presentó como asesor del Movimiento Urbano Popular, aquel se alejó con la cola entre las patas, como casi todos esos politiquillos, era un líder venido a menos, así, sin moros en la costa, saludó calurosamente a Celia
-Qué onda esa morra, de a cómo esos tomates tan jugosos-
-Pues para usted, a 30 pesos el kilo, a ver si le alcanza-
-Traigo hasta para llevarte a la Cineteca, o al teatro, sólo di cuando-.
Celia sorprendida. ¿Ese greñudo, conocía la cineteca?
Ella tenía diecinueve años. Sus labios eran como un durazno fresco pasado de maduro (ruego le perdonen al Eustaquio este exagerado lugar común). Eustaquio explicó la razón de su presencia en ese puesto (tenía que liberarla de ese sistema neoliberal injusto que ya la tenía aprisionada, y luchar por el progreso y rebasar esa represión en la cual tenían a las mujeres, ese era su misión), y notó que la gente nunca dejaba de pasar por allí a preguntar, aún más los señores, que no perdían la oportunidad de acercarse para verla de cerca. Era bonita pero sobre todo tenía un aspecto muy sensual. Clásica morena de pelo largo y un cuerpo esbelto muy bien delineado.
“Tal como en mis sueños”, pensó Eustaquio, que en realidad quería decir: siempre quise  (estar con alguien así.
En principio, no se podía creer que una chavita tan fina y tan bonita estuviera en aquel mercado, después, que fuera estudiante universitaria.
-De seguro no conoces la cineteca, está muy lejos.
-A veces voy con mi banda, a las películas de Ismael Rodríguez.
-¿Estudias cine o qué?
-En la UAM de Azcapo, de allí a veces vamos.
-Yo no he ido, y me queda cerca,… de la Universidad-.
-¿Cuál Universidad? ¿Es privada?-.
- La UNAM, estudio administración-.
Adivinaron queridos lectores: Celia estudiaba administración en Ciudad Universitaria.
¿Cuándo se ha visto eso? Y luego un puesto  en el mercado de Tlilhuaca (Eustaquio elucubraba mil cosas en su cerebro).
Empezaron las confidencias personales. Estudiaban la misma carrera, ella en la UNAM, y él en la UAM, les gustaba más o menos la misma música. Les gustaba el baile, ella no sabía ni nunca había ido a un salón de baile. Eustaquio se comprometió a invitarla y enseñarle unos pasitos y comprendió que estaba exactamente donde quería estar, y que ese breve encuentro lo había marcado para siempre, como en todos los casos.
El Eustaquio mentía descaradamente: te pondré una casota en Azcapo, cerca del mercado a un lado del Jardín Hidalgo, te compraré el mural  de los guerreros tepanecas.
Todo sucedía, Eustaquio levantaba uno y otro pie, cansado de estar horas  parado ante aquel puesto, expuesto a la atónita mirada de los marchantes que a veces pedían permiso para comprar los aguacates, cebollas, ejotes y demás.
-Nompuje
-Pos nompujo, mempujan
-Ya deje pasar, o pásame esos chiles
-Pos si no me las agarra, me caigo,
- Si no me pasa esas calabacitas, tendré que sacar aquel chorizo
- A lo sumo, prefiero esos tomates rojos.
Cuando Celia bostezaba Eustaquio sólo veía el nacimiento de aquellos senos; bien cubiertos, y soñaba.
Nunca pensó que ella quisiera huir de aquel lugar. Soñaba sencillamente que estaban en un hotel lujoso, una casa, la playa, o una pared en un callejón. Y hacían el amor intensamente. Despertaba cuando algún cliente protestaba por el precio de los nopales, o de los ejotes. Eustaquio se los quería comer vivos por atreverse a gritarle a  ¡Ella!.
Ella ya casi lo quería correr, resultó peor que el Justino, y llegó la otra tabla salvadora, pero al ver aquel mastodonte acercándose, hubiera preferido que Eustaquio se la llevara de allí, aunque pasaran toda la vida escuchando a los Beatles o a los Rolling Stones, o que le hablara de aquel Quijote perdido en sus alucinaciones.
El padre de Celia: buen padre, tenía otros negocios, el mercado cerraba temprano, tenían que ir a abrir la tienda de comida, cerca de Azcapotzalco.
Eustaquio vio el terror en los ojos de Celia, y vio a aquel tipo, rudo,
-¿Ya lo atendieron jovencito?, encontró lo que buscaba?
- Gulp, sí señor, vine por un cuarto de limones.
-Aquí los tiene, son cincuenta pesos
-Pero están muy caaaroos-
- Incluye la hora que estuvo aquí espantando a la clientela
Eustaquio buscó entre sus pantalones, sin darse cuenta se le cayó prendedor de “The Ramones”: contó sus monedas, sacó su único billete de a cincuenta.
Pagó. Se alejó.
Caminó tan rápido que ni siquiera escuchó a los vecinos que le preguntaban a qué oficina deberían ir para sus trámites.
Llegó a la avenida, dentro de sus pantalones encontró milagrosamente dos humildes pesitos, ojalá que pase pronto ese pínche trolebús.
Antes de ser jalada del brazo de su padre, Celia alcanzó a levantar a “Los Ramones”.



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